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Thinking in Spanish

  • Writer: Ismael K.G.
    Ismael K.G.
  • Aug 29, 2020
  • 3 min read

A row of intrinsically detailed hard-cover books
Image by Birgit Böllinger from Pixabay

Es hora de retomar esa langua con la que aprendí a expresarme, a compartir emociones de la manera más fluida que jamás conocí. En parte por la belleza con la que me encontré hace tantos años en esas maravillosas clases de literatura; en parte por la tristeza que me encoge al reconocer que el castellano se está disipando en los rincones más oscuros de mi mente, dedicados al olvido.


También es cierto que se despierta en mi mente la pregunta sobre cómo aprendemos a comunicarnos. No tan solo cómo nos comunicamos, sino también cómo nos comunicamos; cómo nos adaptamos a distintos contextos, cómo transmitimos diferentes tipos de ideas, cómo transmitimos ciertas emociones a distintas audiencias.


Se despierta en mí el pensamiento de que sólo aprendí textos literarios y la historia de la literatura mediante textos en castellano y valenciano. Y fueron éstos los que esculpieron mi forma de escribir en los años más relevantes de mi formación pre-universitaria. Y mientras que he tenido que adaptarme enormemente en tiempos recientes (especialmente frente a la formalidad de la “filosofía analítica”), los orígenes de mi forma de escribir residen en esos estudios.


Y ocurre algo más: mis clases de literatura castellana, en particular, tuvieron un enorme impacto en mi modo de pensar, de tal forma que pensaba similarmente a la hora de escribir para profesores de geografía, historia y, sí, filosofía. Y si ese leer y estudiar influyeron cómo pensaba y escribía sobre otros temas, ¿qué otros efectos podrían continuar latentes en mi forma de observar el mundo?


Conforme crecemos y vamos encontrando nuestro sitio en el mundo laboral, es muy sencillo dejar atrás la curiosidad y la esperanza que teníamos de pequeños. Es más sencillo aún conforme aprendemos sobre las atrocidades que ocurren en nuestras propias comunidades y alrededor del mundo. Siento que mi transición de niño a adulto ha coincidido con la de apreciar la belleza en el mundo a desasociar lo que percibo en el mundo de lo que reconozco como belleza. Mi idea de belleza, por su parte, proviene parcialmente de esas clases de literatura; de unas clases muy lejanas que tuvieron tanta influencia en mi modo de pensar.


Ese modo de pensar continúa hoy día. Por una parte, mi transición a adulto, materializada en mis puestos profesionales en ventas y recursos humanos, no ha impedido mi persecución de un máster, en principio, absurdo (¡y que quede claro que soy la primera persona en cuestionar de qué me sirve estudiar filosofía!). Por otra parte, los ideales latentes que prevalecen desde que aprendí a entender textos literarios son los mismos que no me permiten aceptar las injusticias que veo en el mundo. La pregunta resulta aparente: ¿por qué reconozco una idea de belleza en mi mente que no veo en el mundo? Evocando la curiosidad que tenía de pequeño, busco las diferencias entre belleza y lo que percibo. A veces sí existe tal belleza (sea en una amistad o un buen recado de parte de un extraño), pero me cuesta aceptar que donde no hay belleza no la puede haber. Aquí resurge esa infantil esperanza.


Es hora de retomar esa belleza que aprendí hace tantos años en la lengua española. No porque sería una pena olvidar una lengua entera o porque me avergüence de olvidar los géneros de palabras o de tener un acento que se atrofia cada día. Es hora de retomar el castellano porque es la lengua con la que aprendí a pensar, a ser curioso, a tener esperanza.

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